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Saturday, September 26, 2026

Se me olvida que no somos iguales

Conforme transcurre cualquier curso que imparto, desde el minuto 1 siempre tengo presente que no soy ni seré amigo de los estudiantes. Siempre. Algunas veces la interacción puede ser excepcional. Generalmente es una interacción promedio: algunos estudiantes participan y preguntan, pero la mayoría están concentrados en quién sabe qué memes o cosas en sus teléfonos, o conversando en voz baja y llevando al límite mi control de impulsos. Otras veces –muy pocas– la interacción es tensa, como un cuchillo cortando el aire. Ocasionalmente –sobre todo si los estudiantes son muy jóvenes–, la interacción es nula. Sin embargo, cuando la interacción es excepcional, siempre tengo presente que no soy ni seré amigo de ningún estudiante; que nunca fomentaré la cercanía con ningún estudiante, que nunca cruzaré esa delgada línea entre docente y estudiante, incluso si el estudiante me cae muy bien.

Pero cuando se trata de mis redes sociales, se me olvida que tampoco soy ni seré amigo del 99% de todos mis contactos. Hasta me cuesta trabajo darme cuenta de que ni siquiera el 1% restante de todos esos contactos en todas mis redes sociales son mis amigos. Así que cuando subo algún Reel que creé y que particularmente me gustó y pienso que a lo mejor podría despertar la curiosidad de alguien y abrir algún “debate” (los debates no existen en redes sociales) o generar algún comentario que me dé perspectiva o que me deje algún aprendizaje, y, sin embargo, 9 de cada 10 veces se repite la historia –ninguno de los casi 4000 contactos de todas mis redes sociales (abiertas o cerradas) comenta ni muestra interés ni curiosidad en ese Reel en particular–, me cae de sorpresa, me resulta muy difícil darme cuenta de lo obvio: que ni al 30% de todos esos contactos los he tratado un poco más que superficialmente, que hace años que no veo cara a cara al 80% de todos esos contactos, que el 99% de esos contactos ni siquiera saben dónde vivo ni dónde trabajo, ni qué música escucho, ni qué autores leo ni qué cosas aborrezco ni en qué ocupo mi tiempo libre. Y que ni les interesa, ni tendría por qué interesarles. Qué incómodo sería. Y lo más probable es que si alguno de todos esos contactos y yo nos quedáramos solos en una isla por tiempo indeterminado, no tendríamos gran cosa sobre qué hablar. Nos aburriríamos mutuamente.

Y esto no es todo. Cuando reviso mis redes sociales y veo lo que ellos comparten en sus historias o en sus muros, no “conecto” con casi nada. De todos mis contactos, quienes, aparentemente, están 24/7 en redes sociales porque siempre que reviso mis redes sociales han compartido algo, comparten lo que todo mundo comparte, y se me olvida que las redes sociales son la nueva televisión, que raras veces veo televisión, que no me siento identificado con lo que veo en la televisión, cuando veo televisión porque estoy de visita en casa de alguien que sí ve televisión.

También se me olvida que soy más un bicho raro que un ciudadano promedio (no es presunción: sentirme un bicho raro no es agradable; significa que la mayoría del tiempo me siento excluido y fuera de sitio), y que no creo contenido viral, que no me interesan las tendencias, que generalmente reviso mis redes sociales porque una notificación absurda del teléfono me distrajo mientras estaba ocupado en algo importante, o porque desperté con náuseas, con acidez esofágica y con dolor de espalda y no quiero pensar en nada de eso, o porque he estado trabajando 4 ó 5 horas consecutivas y necesito un break.

Y también se me olvida que casi nunca encuentro nada que realmente me invite a pensar en cosas nuevas en redes sociales. Casi siempre veo el mismo contenido: baby boomers quejándose de sus enemigos políticos, algún GenX jactándose de haber sufrido “una verdadera transformación espiritual” en un campamento Pachamama con enteógenos, millennials compartiendo compulsivamente Reels de gente fabricada en serie y con bata blanca en algún laboratorio u hospital fancy –una extraña combinación de influencer, de standupero y de punk digital–, tirando factos sobre la serotonina, la dopamina y todo el conocimiento más cabrón de las neurociencias mientras exclama «Free Palestine!», en cápsulas de 3 minutos, súper producidas visual y auditivamente, con la ayuda de la IA; o soltando “una pregunta incómoda” porque el mundo no quiere a la selección argentina de futbol –«¿Qué nos enseñó Bad Bunny...?»–, o haciendo aseveraciones cada día más descabelladas –«¡Soy el Doctor Fulano, y te voy a contar cosas bien cabronas porque soy bien cabrón!»–, o exagerando declaraciones que parecen un parteaguas en la historia de la humanidad –«¡China acaba de dar un golpe en la mesa que hizo temblar al mundo académico!»–, pero que no llevan a ninguna parte. 

Agggh.

Pensándolo mejor, el contenido que suele llegar a mis redes sociales es muchísimo peor que las náuseas, que la acidez esofágica y que el dolor de espalda que me acosan casi todas las mañanas. Y, sin embargo, no soy consciente de todas estas particularidades cuando un motivo X, Y o Z me ha arrastrado a las redes sociales. O sea que soy idiota. O ingenuo. No aprendo de mi propia experiencia. En cierta forma, soy como todos los internautas aunque no estoy 24/7 en mis redes sociales. Lo noto cuando una notificación absurda del teléfono me ha arrastrado a las redes sociales y ya estoy enterándome de la vida privada de alguien que no sé quién es ni por qué se volvió una celebridad después de subir un TikTok. 

No sé por qué sigo revisando mis redes sociales. No tengo motivos para seguir haciéndolo.

Por otra parte, a varios de mis conocidos que consideraba inteligentes antes de las redes sociales, ahora los veo de otro modo. Ellos también caen fácilmente en el engaño de las apariencias. Como que necesitan que un creador de contenido con 20 millones de followers “tire factos” sobre temas que ellos mismos han estudiado gran parte de sus vidas. Y, en ese mismo sentido, no me sorprendería que, incluso teniendo una preparación académica especializada, estuvieran esperando a que Ruzzarín (o alguno de sus colegas) les suelte un facto: que las redes sociales no son buenas para el cerebro, que fríen los circuitos dopaminérgicos, que el scroll infinito es similar a todas esas cosas que hacen los adictos cuando las drogas ya no les generan placer; que tu cerebro “en modo” redes sociales probablemente se parece al cerebro de un adicto a la cocaína y al alcohol, que tu neocorteza está dañada por el uso de redes sociales, que tal vez involucione en algunos siglos, que ella también ha aprendido a esperar recompensas inmediatas y se ha vuelto impulsiva e impaciente, que ya no lee, que ya no abstrae información, que ya no crea, que todo lo quiere peladito y en la boca.